Conmemorando el fallecimiento, hace 50 años, de André Malraux, VISORHISTORIA ofrece algunos fragmentos sobre él posiblemente ignorados por el gran público.
Fragmento del artículo GUBERN, Román “La muerte de un gigante”. Destino, Barcelona, 2/8-12-1976. Página 34
El “destino cruel” fue precisamente uno de los ejes de la narrativa de Malraux. Es innecesario recordar aquí que las batallas que Malraux libró en la primera mitad del siglo fueron siempre batallas planteadas desde la izquierda, desde las barricadas de los oprimidos y contra las oligarquías y plutocracias opresoras. Y este hombre de raíces revolucionarias vertebró su obra, paradójicamente, en torno al gran tema del “destino cruel”, fecundando su prosa con el fatalismo arrebatado de las gran tragedia griega. En una novelita que no es la mejor de su producción, Le temps du mépris, escribió Malraux una declaración estremecedora: “La libertad es la conciencia de

nuestra propia fatalidad”. He aquí sencillamente expresado uno de los grandes ejes de la lucidez crítica de Malraux, de su comprensión de la historia y de la inserción de la “condición humana” –La condition humaine es su título capital- en este flujo histórico irreversible, un flujo que avanza irresistible hacia la progresiva liberación del hombre, aunque a veces a costa de altísimos precios personales y sociales (no otra cosa son las guerras de liberación: China, España, la Francia ocupada). Pero esta lucha por la liberación del hombre, que es la razón de ser de toda actitud revolucionaria, fue contemplada por Malraux sin optimismos ingenuos ni beatos. Precisamente su participación armada en la lucha por la liberación del hombre, en dos continentes, le hacía entender con lucidez los límites al optimismo responsable y su justa valoración del peso de los enemigos, externos e internos, de la revolución. De este modo trasponía Malraux la lucha contra el mandato de dioses caprichosos o malévolos en la tragedia griega al mundo moderno, convirtiéndolo en lucha tenaz de los hombres sojuzgados contra el “destino cruel” que les pretenden imponer las clases dominantes. Esta sensibilidad política se despertó, y no parece casual, en su apasionante aventura asiática, al contacto con la vergüenza de la opresión colonial. No es casual que su primer texto La tentation de l’Occident, de 1926, desarrolle el diálogo entre un chino y un francés, coincidentes en señalar la decadencia de las bases ideológicas occidentales. A partir de ahí se alzaría la actitud de Malraux en defensa de la solidaridad internacional de las clases oprimidas en cualquier lugar del plantea, sojuzgadas en última instancia por la potente ciudadela fortificada occidental.